De repente llaman a la puerta


Etgar Keret (Tel-Aviv, 1967)

■ Cuentos ■ Siruela (2013) ■ 208 páginas 

Bastaría con presentar a Etgar Keret. Decir que es judío, que escribe en hebreo y sobresale por su narrativa corta, -traducida a más de treinta lenguas-, para no mencionar su película, Meduzot, ni las adaptaciones de sus textos a la pantalla y al cómic. Decir que el New York Times lo ha catalogado de genio, que Salman Rushdie le considera brillante y la voz de su generación, y que Amoz Oz tiene sus historias por feroces y cómicas a la vez que profundas y conmovedoras. Que tampoco le faltan opositores que censuran el que sea leído en las escuelas de su país. Mencionar que cada vez que responde a alguna entrevista lo hace sin imposturas, ocurrente y despercudido de toda solemnidad pero a la vez consciente de su mérito como narrador.

Su último libro, De repente llaman a la puerta, comparte algunos rasgos con los anteriores pero nos revela a un autor ya pleno en su oficio y totalmente liberado de la plantilla del cuento clásico. Lo conforman treintainueve relatos breves y de tono coloquial, en su mayoría relacionados con asuntos cotidianos: el trabajo, la familia, la soledad, el amor, el sexo. Todo ello apelando siempre al absurdo, que transforma la realidad, y a un humor mordiente, con el que tomamos la distancia suficiente para distinguir mejor lo expuesto. La crítica social también asoma en estos textos pero siempre entre líneas, evitando ser moralizadora. Sus personajes parecen existir solo para hacer frente a sus dilemas, que surgen de situaciones diarias y derivan en algo gravemente insólito y a la vez risible de tanto serlo; están un poco a su suerte y de ahí que busquen presentarse y justificarse ante nosotros.

Sus cuentos inician con cualquier pretexto, como anécdotas inofensivas, y se expanden hasta lo desconcertante e inverosímil. En todos ellos hay un quiebre: es lo inesperado que llama a la puerta, y llega sin aviso. El autor nos lleva a una visita guiada por las incalculables probabilidades de la escritura, nos hace testigos de los mecanismos internos de la ficción y de sus infinitos mundos posibles. En el primer relato, que da título al libro, un matón pide al narrador que invente un cuento, mientras lo apunta con una pistola. Este requerimiento es interrumpido varias veces por otros matones que también quieren lo mismo y se unen al primero. “No nos recicles la realidad como el camión de la basura.”, le increpa uno de ellos. “Dale a la imaginación, colega, inventa algo, venga, lo más increíble posible”.

En este libro tenemos un muchacho preocupado por lo que grita su novia cuando llega al orgasmo (“Ilán”), un portal hacia un mundo donde nuestras mentiras son realidad (“Mentiralandia”), el efecto mariposa desencadenado por pedir que no le agreguen queso a un sándwich (Quesu-Cristo) o un hombre con una almorrana que crece tanto que termina por poseerlo (“Hemorroides”); para no mencionar otros cuentos geniales que sería injusto resumir en una línea como “¿Qué llevamos en los bolsillos?”, “Mañana saludable”, “Equipo”, “Un autobús grande y azul”, “Un niño muy educado”, “Pez dorado”, “Mundos paralelos” y el delicioso “¿Qué animal eres?” que cierra el libro y completa la alegoría de la primera historia.

Los cuentos de este volumen son hiperbólicos y a veces parecen los desvaríos de un mentiroso compulsivo. Aun así –o precisamente por ello- se ganan nuestra simpatía y nos hacen cómplices. Habría que tener muy claro algo: el compromiso de Keret, si es que tiene alguno, más que con la literatura, es con la ficción.


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