Culpa


Ferdinand von Schirach (Munich, 1964)

■ Cuentos ■ Salamandra (2012) ■ 160 páginas 


Tomemos este libro como la continuación de Crímenes, primer título del autor, que se volvió rápidamente un éxito en ventas y ganó fama internacional. Antes de eso, el abogado penalista Ferdinand von Schirach, miembro de una prominente familia de juristas, había vivido ajeno a la actividad literaria. Según dice el mismo autor, se inició en la escritura para combatir el insomnio.

Culpa agrupa quince relatos cortos probablemente basados en casos reales en los que -a favor o en contra de los culpables- el autor tomó parte en algún momento de su carrera. Una galería personal del delito, no por breve menos intensa. Historias que sorprenden y dejan sin aliento. En “Fiestas”, que abre el libro, están los músicos de una banda vernácula que, en un receso de su función, violan a una menor de edad. En “Anatomía”, un sujeto rechazado por una muchacha, planea raptarla y descuartizarla como lo ha ensayado con animales domésticos. También está “Niños”, en el que un hombre probo es encarcelado por la mentira de una niña caprichosa. En “Compensación”, una mujer sistemáticamente violentada por su marido, decide matarlo para proteger a su hija pequeña de atrocidades semejantes. El humor se esboza en otros relatos como “La llave”, una delirante aventura de mafiosos y contrabandistas; o “Secretos”, texto final, donde un sicótico asegura ser perseguido por los servicios de inteligencia. Entre todos los personajes habría que subrayar uno reiterativo: el abogado defensor Ferdinand von Schirach. Protagonista de paso que transita como un fantasma, un eslabón casi imperceptible entre todas las historias.

En esta entrega Von Schirach se supera. Sorprende su neutralidad y economía de recursos. Desprovisto de efectismos, sabe dosificar la información y ocultar convenientemente ciertos elementos. Su estilo escueto y aséptico –sin guiños al género policiaco clásico- podría ser insuficiente para un lector convencional. Lejos de una incapacidad literaria del autor, todo se justifica con el epígrafe inicial: “Las cosas son como son” (Aristóteles).

Este libro centra su atención en el móvil que lleva a todo crimen. Los personajes son gente común hasta que sus vidas dan un quiebre inesperado. Ni edificante ni provocador, el autor se abstiene de juicios morales. Todo parece evidenciar que la inocencia y la culpabilidad no conciernen a la ley sino más bien a la perspectiva y el azar.


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